El hombre que se enamoró de la luna es, antes que nada, un proyecto que nació de la voluntad de dos amigos por crear un pequeño espacio de sosiego y calma donde refugiarse y poder conversar, reflexionar y disfrutar de aquellas creaciones musicales, literarias o artísticas que cada vez tienen más difícil encontrar un hueco en los medios de comunicación de masas. Así, El hombre que se enamoró de la luna surgió como una humilde propuesta de diferencia, un acto de afirmación y, en cierto sentido, de rebeldía, frente a un entorno mediático dominado por la grosería, el ruido y la furia, donde predominan las voces soeces y vulgares, las voces que tratan de imponerse mediante la elevación del tono y la descalificación, voces insustanciales perfectamente intercambiables en su inanidad. El hombre que se enamoró de la luna, por contra, nació con el claro propósito de subordinar la voz a la palabra. Y es que la palabra es la protagonista absoluta en el programa: la palabra que busca, que cuestiona, que duda, que no pretende herir sino acoger, que escucha al otro -¿qué otra cosa, si no, hace la verdadera palabra?-, que atiende, que mira, que emociona y que se emociona y que acerca cordialmente a todos aquellos que se sienten interpelados o conmovidos de alguna manera por ella.

En definitiva, amistad y palabra, palabra y amistad, son las dos matronas que guiaron el parto y marcaron con su sello, en una cada vez más lejana noche del 2005 únicamente iluminada por la luna, el nacimiento de este niño que, arrobado ante la belleza del astro que marcaría su destino, no pudo evitar enamorarse de él.

- Pablo Loriente: el aliento, el espíritu, el impulso vital que anima El hombre que se enamoró de la luna lo insufla Pablo. A través de sus palabras y sus silencios el programa respira con una cadencia reposada y serena que invita a los oyentes a acompasar sus latidos, sus pensamientos y emociones al ritmo tranquilo y amable indispensable para la conversación, la reflexión o el gozoso y demorado disfrute de la belleza, que son los propósitos que animaron desde sus inicios el programa y que El hombre que se enamoró de la luna espera haber conseguido en algún momento feliz. Además de la selección y lectura de textos, Pablo es el encargado de realizar las entrevistas a los músicos, escritores y artistas invitados que pasan cada semana por el programa.

- Ángel Castaño: el esqueleto y la musculatura, la base corporal que permite a El hombre que se enamoró de la luna desplazarse firme y seguro por las ondas cada martes lo proporciona Ángel. Pero, desde el otro lado del cristal del estudio, Ángel no se limita a dotar al programa de la estructura técnica, sino que, recordando que la piel es el órgano más grande del cuerpo humano, aporta el sentido del tacto del programa: una particular sensibilidad que distingue al más leve contacto la tersura de lo complejo y arriesgado de la tosquedad de lo convencional, lo simple e insustancial. Además Ángel mantiene el contacto directo con los oyentes que, a través del teléfono o de Internet, dialogan cada semana con el programa y se encarga de la selección musical.

- Albero Jiménez: la visón, la perspectiva, la capacidad para mirar allí donde hay que mirar y desechar lo superfluo es misión de Alberto. En su sección de cine 24+1 se analizan y comentan aquellas películas, ya sean grandes estrenos Blockbuster o minoritarias cintas del circuito independiente, que merecen ser rescatadas del torrente de estrenos que inunda las pantallas cada fin de semana. Y de igual modo que no hay reconocimiento visual sin memoria, su sección no renuncia de vez en cuando a ignorar la actualidad y entregarse al recuerdo de aquellas grandes películas que una y otra vez, al cerrar los ojos, Alberto proyecta bajo sus párpados.

- Óscar Salinas: La voz bien temperada de Oscar y su afinado criterio lo convierte en los oídos del programa. Los comentarios de su sección musical, Las arañas de marte, analizan los conciertos más importantes y diferencian aquéllos que, según el diapasón de su subjetividad, son estimables de los que desafinan, al tiempo que discriminan el verso perdurable del ripio vulgar, la nota conmovedora del sonido superfluo y la melodía arriesgada y brillante destinada a reverberar en la conciencia del melómano de aquélla pegadiza y suplicante de éxito comercial destinada al olvido.

- Joaquín Villa: desde su sección literaria Te quiero o no te quiero Joaquín expone a los oyentes sus particulares filias y fobias, sus amores y odios intelectuales. Su leído paladar degusta todo tipo de alimentos (narrativa, poesía, teatro o ensayo) y en su rincón del programa nos comenta las sensaciones producidas por su omnívora dieta. De este modo Joaquín nos invita a probar aquellos sabrosos platos que han nutrido su sensibilidad y vigorizado su entendimiento y nos advierte, por otra parte, sobre otros insulsos, insustanciales o incluso indigestos para él, teniendo siempre muy presente que cada aparato digestivo tiene sus particularidades y que la variedad de sabores y de opiniones sobre ellos constituye la máxima riqueza de la gastronomía.